Ha salido el Sol

Ha salido el Sol

Ha pasado más de un año desde que volví a nacer. Reuní coraje y pude explicar aquello que guardé por casi 30 años, aquello que había decidido llevarme a la tumba.

Aún puedo sentir todos los nervios de ese momento y cuánto tardaron en salir las palabras de mi boca. Aún recuerdo aquella sensación de sentirme desnuda frente al oyente y cómo comenzó a dibujarse la tristeza en su rostro a medida que escuchaba mi historia. Romper con el silencio y verbalizar los abusos significó un gran cambio en mi vida.

Debo decir que ha sido un año con momentos de profundo dolor. Volver a recordar fue una explosión dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. Algo se rompió en mil pedazos y no sabía qué pedazo recoger primero para comenzar a dar forma nuevamente a mi vida y a mis verdaderos recuerdos. En mil pedazos se rompió la fantasía de la niña que tuvo una infancia feliz y protegida por su familia, con la que viví durante tantos años intentando esconder y olvidar mi triste y vergonzosa historia.

Romper con el silencio significó enfrentarme a la dura realidad de ser víctima de abusos sexuales por parte de personas de mi entorno más cercano, de mi familia. Enfrentarme a esto a los 34 años fue algo duro y de un profundo dolor, ya que como mujer y madre tuve que recordar todo lo que como niña tuve que pasar.

Siempre fui consciente de mi realidad, pero era más fácil intentar olvidar los abusos. Olvidar me ayudaba a sobrevivir, aunque los recuerdos permanecían en mi cuerpo, en forma de sensaciones, sentimientos y reacciones físicas. Sobreviví porque desarrollé esta capacidad de olvidar todo lo que me ha perjudicado en la vida, pero, inevitablemente, este ejercicio de olvidar también se ha llevado algunos buenos momentos. Ahora, mi hijo me habla de momentos felices que hemos vivido juntos y que recuerda con facilidad. Mientras, yo tengo la extraña sensación de creer que ha ocurrido, pero no lograr recordar imágenes ni sensaciones.

James Rhodes define esta misma situación en su libro Instrumental.

“Llevo siendo así desde que tengo uso de razón. De pequeño, la disociación era la única manera de que el mundo me resultara levemente manejable. Si no lo recuerdas, el pasado no puede aterrarte…”

En cambio, todos los malos recuerdos de mi infancia volvieron con la explosión y me bombardearon durante meses. Así reviví sentimientos, sensaciones y miedos.

Mi realidad

Una de las cosas que me impulsó a contarlo todo fue la necesidad de buscar ayuda profesional. Yo era consciente de que sola no podría seguir. Necesitaba explicar quién era realmente y cómo me sentía, entender y dar respuesta a las preguntas que siempre me hice. ¿Por qué a mí? ¿Por qué callé? Comencé mi terapia con Lluisa de la Fundación Vicki Bernadet.

Afrontar cara a cara mi pasado, aceptar cuál era mi realidad. Dejar de sentirme humillada, avergonzada y quitarme de encima la sensación constante que he sentido durante toda mi vida: de mala persona, culpable. Por fin pude mostrarme tal y como era frente las personas que me rodeaban. Estas personas me ayudaron a entender que mi pasado forma parte de mi vida y que no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo.

Me detuve a mirar y a analizar muchos momentos de mi vida. Ahora sé que no hay motivo alguno para sentir vergüenza. Entendí que cuando era una niña no tenía muchas opciones. Ahora, en el presente, mi única opción es ser feliz.

Ha pasado más de un año desde que la tormenta azotó mi vida. Ahora guardo el recuerdo y la inmensa felicidad que sentí cuando, cuatro meses después de empezar la terapia, Lluisa me dijo: “has terminado tu terapia”.

Para mí fue ver salir el sol! 😀

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